
Hace bastante tiempo que no escribo nada. Me estoy dando cuenta, quizás demasiado tarde, de que esto de escribir asiduamente es más difícil de lo que esperaba. Entre la acumulación de dioptrías deterioradas tras estar trabajando todo el día o bien con la lupa o bien con el ordenador y unos arranques de apatía que no sé de dónde salen, tengo el blog bastante descuidado. En fin, tampoco es que haya pasado gran cosa en mis aficiones: me he comprado un par de cómics y otro par de libros, entre ellos el tercero de Eragón (ahora toca sufrir un par de años más hasta que salga el cuarto) y, para mi asombro, empiezo a tener algo de vida social (sí, Eidolon, estoy saliendo del círculo vicioso del pasotismo hacia mis coespecíficos, supongo que estarás sorprendido).
Después de tanto tiempo, no estaba muy segura de qué tema podría tratar en esta entrada, así que aprovechando que en la última entrada que incluí en este blog hablé de “Los compañeros del crepúsculo” he pensado que es un buen momento para hablar de esta serie de cómics franceses (uno de mis favoritos, por diversas razones). “Los compañeros del crepúsculo” (o “Les compagnons du crepuscule”, en la edición original) es una obra de François Bourgeon,
un tipo que, en la vida real, al menos antes de que le diera por hacer cómics, era cristalero (no sé de qué tipo, pero yo siempre me lo he imaginado haciendo ventanales en plan gótico, con imaginería y esas cosas). Cinco tomos en total publicados en Francia, en nuestro país se editaron tres volúmenes, reuniendo los tres últimos tomos en un solo bloque. El primer volumen, “El sortilegio del bosque de las brumas”, de Norma Editorial, cayó en mis manos en 1998, en una de esas pocas peregrinaciones que de vez en cuando hacía a la FNAC y en las que ocasionalmente tenía algo de dinero (hablo de la época en la que no tenía ingresos, excepto el billete de cinco mil de Navidades, y en la que tenía que esconder los cómics y los libros – distracciones – que me compraba o que me prestaban, para que mis padres no pusieran el grito en el cielo). El tercero, “El último canto de los Malaterre” cayó un par de años después, en un mercado de San Antonio. El segundo, “El eclipse azul”, lo adquirí al fin hace dos meses – después de años de búsqueda infructuosa por las tiendas especializadas de Barcelona, donde no sé desde cuándo se consideran descatalogados – en Alemania (y suerte que fue así, porque si no la única opción que me quedaba era comprarlo en francés y mi don de lenguas no llega a tanto).
La trama es verdaderamente atractiva: tres personajes – Marietta, que tiene el poder de ver cosas ocultas a los demás; Aniceto, un cobarde que sólo piensa en “folgar”, aunque Marietta siempre se las apaña para pararle los pies; y un caballero sin nombre, cuya única seña de identidad es que tiene la cara completamente destrozada – viajan por una Francia medieval que todavía está viviendo en todo su apogeo la Guerra de los Cien Años, con todos sus males y bendiciones: mercenarios arrasando aldeas y violando chicas, la peste, las relaciones convulsas entre señores feudales y villanos... La misión del caballero, que con el tiempo se convierte en la de sus dos compañeros, es la de topar con el señor del poder negro (que encarna a la Muerte y es el opuesto al poder rojo y el poder blanco) y acabar con él. Esta tarea quijotesca acaba adquiriendo tintes de delirio cuando el presente se mezcla con el pasado y fuerzas místicas incontrolables se ceban en todos los protagonistas, en un final apocalíptico narrado como un cuento por la propia Marietta, la única superviviente del trío original, salvada casi de milagro de una vorágine de violencia.
Las razones de mi querencia por esta colección son varias: primero, porque el estilo de dibujo de Bourgeon es sumamente atractivo, de un naturalista muy real, sin olvidar el perfeccionismo con el que Bourgeon pone su puesta en escena, con utensilios, ropas y edificios sacados de un libro de texto, que otorgan una nueva visión de cómo fue la Edad Media. Segundo, por la mística trama que va guiando los acontecimientos, durante la cual la sensación de no entender muy bien qué está pasando (¿es real o estamos sólo viendo los delirios de los protagonistas, sus sueños, sus anhelos, sus pesadillas?). Tercero, por el uso de un castellano arcaico, al menos en la traducción, que le da una nueva dimensión a todo el relato. Y, por último, por la terrible crudeza y crueldad con la que Bourgeon nos presenta la Edad Media. Al menos, para mí, hubo un antes y un después de “Los compañeros del crepúsculo”: significó romper para siempre el romanticismo que envuelve esa era, para descubrir un periodo oscurantista, cruel y desalmado, curiosamente, cuando nunca Dios había estado tan presente en los corazones de los hombres.
Pero, a lo que iba, aparte de lo indudablemente revelador que fue este cómic, mis razones para apreciarlo aumentaron mucho en verano del 2002 (creo, sólo recuerdo que estaba en la universidad, que fue el verano en el que conseguí leerme el tocho de “Los pilares de la tierra” y que descubrí el pacharán), cuando mi familia y yo hicimos trashumancia durante unas semanas y nos movimos en rebaño a un pueblecito del interior aragonés, donde unos vecinos bastantes amigos nuestros tenían una casa que amablemente nos cedieron. Este pueblecito, de nombre Uncastillo, o “Unumcastrum”, como decían los latinos, originales ellos, era uno de esos lugares que pueden ser perfectamente definidos como un conjunto de casas, casi todas superando el siglo o dos de edad, apelotonadas todas juntas, que sólo adquiere un poco de vidilla durante el verano, cuando todos los emigrantes vuelven a pasar unos días. Y, también, es el lugar más románico (no romántico) en el que he tenido a bien poner los pies en los últimos tiempos. Fundado en el frente de la Reconquista, de ahí la fortificación que le da el nombre, tiene tanta arquitectura medieval que, imagino, pasar allí el invierno, con las calles desiertas y cubiertas de nieve, y la campana de todas sus iglesias tocando al ángelus, debe ser una experiencia merecedora de ser contada en Quinto Milenio. Fue en este pueblo donde la afición que sentía hacia la ópera prima de Bourgeon adquirió una nueva dimensión, cuando un día, guiados por un local, un tipo orondo y simpático, hicimos la ronda a todas las iglesias del pueblo y nos paramos delante del portal de Santa María, conocido como una de las joyas del románico aragonés (sic). Tengo que confesar que a esas alturas estaba ya un poco aburrida, cuando no decir que estaba dormida, de tanto iglesia y de tanto castillo, después de vernos todo cuanto se podía ver de la región (que quita lo construido por razones religiosas y poco queda), cuando, de repente, Bourgeon y todo su universo se revelaron ante mí y mi memoria retrocedió a “El último canto de los Malaterre”, página 39, y supe, inmediatamente, que Bourgeon, por obra y gracia de mi amor al románico, acababa de ascender de categoría. Porque esto era lo que estaba ante mí (inmortalizado después de que pudiera arrancarle a mi padre de las manos la cámara de fotos, analógica aún aquellos días, antes de que acabara el rollo de película con esa celeridad y gracia tan característica en él):

Una imagen que recordaba muy bien gracias a Bourgeon, que había tenido a bien presentarme esto:
Cabe decir que desde entonces, me he esforzado por encontrar los modelos que utilizó Bourgeon para sus obras, pero no he tenido demasiada suerte. Hace un par de meses, me encontré en un museo de Budapest la siguiente talla de una sirena, un elemento bastante recurrente en el tercer tomo, pero el modelo no es del todo coincidente con ninguna de las sirenas de Bourgeon (aunque reconozco que no me buscado con mucho detalle).
Sea como sea, mi aventura con la obra de Bourgeon aún va a dar mucho de sí. Y voy a seguir buscando...
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