Que
recuerde, he sido ANuRa desde que en el primer año de biología me enteré que el
grupo de anfibios que pierden la cola tras la metamorfosis (ranas, sapos y
sapillos) eran anuros (“sin cola”) y me di cuenta de que por esas casualidades
que parecen destino, pero sólo son puro azar, yo, la herpetóloga frustrada, podía
encontrar mis iniciales en dicha palabra en el orden correcto.
En
retrospectiva, ANuRa era un pseudónimo muy inocente. Y, por serlo, reflejaba a
la perfección al alma cándida que entonces era. La primera vez que firmé como
ANuRa, o pedí una dedicatoria para ella, yo era una estudiante de biología, sin
puñetera idea de lo que vendría después. Que dibujaba a ratos, entre horas,
durante clases. Que estaba en plena efervescencia del síndrome Harry Potter y
leyendo manga prestado día sí y día también.
Desde
entonces, ha llovido: acabé la carrera, pasé un año de voluntariado en parques zoológicos,
hice dos masters, me independicé, hice mi doctorado en Heidilandia, migré a las
Tierras del Kilt. Hice comic, leí nuevos libros, establecí nuevos intereses,
visité nuevos países. Recordar cómo veía el mundo hace una década y compararlo
con cómo lo veo hoy me hace reconsiderar hasta qué punto mis horizontes se han
expandido. Quizás no en posibilidades, sino en comprensión. Me considero muy
afortunada de haber visto, de haber hecho, de haber cambiado. Exceptuando
detalles puntuales, cosas que entonces no sabía y que me habrían facilitado las
cosas, no cambiaría mi vida por nada del mundo.
Entre
medias hice amigos, un par de enemigos y quedé muy escarmentada con el tema “varones”
en general. Sobre todo tuve que lidiar con la devastadora concepción que para una
parte del sector masculino no cuento como persona: da igual mis títulos, mis intereses
o mi forma de desenvolverme por la vida mientras tenga el potencial de ser una presa
fácil que encandilar. Mis mayores quebraderos de cabeza han sido en ese sentido.
Por no dejarme joder.
La
ANuRa de hace diez años no sabía lidiar con malas intenciones. Era demasiado plácida,
intentaba ser apaciguadora, se metía en graves entuertos por ello. Es por ello
que creo que, desde que firmé como ANuRa por primera vez, mi mayor logro ha
sido poder desarrollar mi mala leche. Perder el miedo al que dirán. Ser capaz
de dejar de decir “pobrecita de mi” y acordarme de la madre que parió a
aquellos que han intentado hacerme daño.
Y el
cambio ha sido para bien. MUY para bien, a pesar de lo que me digan.
La
persona que hace una década bauticé como ANuRa no se parece en nada a la
persona que hoy soy. Y de un tiempo a esta parte, ya no me siento ANuRa. Durante
un tiempo, he mantenido el nombre por puro romanticismo. Debo mucho a mi alter
ego, mucho de lo que hoy soy. Pero he llegado al cruce de caminos en el que se
me ha planteado la posibilidad – la necesidad – de dejar a ANuRa atrás. Y creo
que lo correcto es dejar a ANuRa en la memoria.
No es
por hacer borrón y cuenta nueva. ANuRa fue una etapa de aprendizaje. Aún estoy
aprendiendo, pero he llegado al punto de que tengo que averiguar si puedo
trascender desde ANuRa.
Y, por
ello, tengo que “abandonar” todo bajo la autoría de ANuRa. Seguiré siendo ANuRa
para aquellos que me quieren bien y me conocieron bajo ese nombre. No eliminaré
el blog porque son muchas horas invertidas en él, pero no volveré a publicar
entradas. Esto tampoco significa que mi presencia en la red se vaya a esfumar.
Aquellos que me quieran sabrán como encontrarme. Sé que los que me quieren mal
me encontrarán igual, pero al menos habrá quedado por el camino que no son bien
recibidos.
No sé qué
me depararán los próximos diez años. He escogido una carrera que es incierta,
para empezar, y hace diez años nunca habría imaginado donde me iba a encontrar
a día de hoy, así que no quiero hacer previsiones anticipadas. Quizás en el
futuro tenga que desistir en ser lo que soy, pero he aprendido que tras tantos años
viviendo con ese miedo aún puedo perseverar. Por otro lado, tengo ambiciones y sueños
más allá de mi profesión. Son proyectos que se me antojan difíciles, pero en algún
momento he de intentar desarrollarlos. Muchos de estos proyectos incluyen a Escocés
Incomprensible. Ya estamos en la etapa que hemos dejado atrás los chutes de
dopamina iniciales y empezamos a enfrentarnos a los defectos del prójimo, pero
aún así queremos estar juntos. Llevamos un año cohabitando y los buenos
momentos siguen superando los malos con creces. Ya me estoy haciendo a la idea
que mi afán nómada va a tener que ser suprimido, que el futuro está en las
Tierras del Kilt, con sus inviernos oscuros y sus veranos demasiado luminosos,
con tener las cuatro estaciones en un solo día y con lidiar con una dieta rica
en grasas y demasiado producto cárnico.
No
estoy aún segura de que nombre encabezará esta nueva etapa (hay un potente
candidato, pero aun no las tengo todas conmigo), pero sé que es lo que me gustaría
desear para los próximos diez años.
Poder
pasarlos con Escocés Incomprensible. Compartirnos con alguien (uno o dos) más.
Hacer
cosas nuevas.
Conocer
a mucha gente.
Crecer,
pero no madurar.
Tener éxito,
aunque sólo sea para joder a mis enemigos.
Y poder
decir dentro de una década que mi yo de treinta y dos nunca habría podido
imaginar que me iban a deparar los siguientes diez años.
A los amigos
que me leían regularmente, gracias por aguantar el tipo a pesar de lo soporífero
de mi redacción. A los esporádicos, espero haberos arrancado alguna sonrisa. Al
resto, sois superfluos.
Fin del
blog.
