Pues bien, al cabo de tres días me notificaron que no me podían conseguir el libro porque, según ellos, está descatalogado. Ahí me quedé a cuadros. Tuve que reprimir las súbitas ansias de articular con voz plañidera y sufridora un “¿por quéeeeeeee?” desesperado. NO PUEDE SER, pensé. Fue otro golpe a la confianza que me pueda merecer la especie humana (y en este caso, el mundo de las editoriales, que últimamente acumulan todas mis quejas).Para los que no entiendan mi desencanto, sobretodo si no saben a quién me refiero cuando hablo del tal Gerald Durrell, les diré que todo mi sufrimiento se debe a que él es uno de los causantes de mis ínfulas prematuras por dedicarme a la biología. Todo el mundo tiene una visión romántica de su futuro empleo y, aunque no iré a soltar la barbaridad de que todo zoólogo que estudie en España y cercanías tenga un altar erigido a Félix Rodríguez de la Fuente (el mío, por ejemplo, está dedicado a Severus Snape, de ahí mi ocasional mala leche), puedo afirmar que una gran parte de los que nos hemos metido en la biología se debe a la mala influencia de los documentales de la 2, a los reportajes de Cousteau y a los libros y películas del ya mencionado Félix (para las nuevas generaciones bastará con sustituir cualquiera de estos nombres por el del loco Steve Irving, q.e.p.d., y se observará del mismo efecto).
Pues bien, uno de esos simpáticos investigadores de lo salvaje era el susodicho Gerald Durrell. Este tipo, amante de los animales, empezó a ganarse la vida viajando por el mundo y capturando pequeños mamíferos para los parques zoológicos. Después le dio por escribir libros para jóvenes naturalistas y hacer documentales y, cuando le llegó el presupuesto, él mismo montó su propio zoo, hoy en día una institución de pro. Pero eso no es todo: aparte de los libros de materia, Gerald tuvo la inspiración suficiente como para escribir un par de novelitas
que, aunque tenían que ver bastante con lo suyo, no eran estrictamente científicas. De ahí que algunos se puedan aún sorprender de encontrar bajo su nombre títulos como “Mi familia y otros animales” (una autobiografía sobre su infancia y juventud) o “El paquete parlante” (de género fantástico, que está ambientado en una “reserva de mitos”, una especie de zoo secreto donde las criaturas mágicas se mantienen a salvo de la extinción).El libro de mis desamores, “El pájaro burlón”, es un libro que sólo un zoólogo podría haber escrito y queda bastante claro que, dentro de ese grupo, sólo Durrell podría haber sido el culpable. En él, nuestro viejo amigo Gerald narra los acontecimientos desternillantes y acelerados que tienen lugar en Zenkali, una irrisoria islita del Pacífico, cuando se descubre que el extinto tia-nomala, llamado también pájaro burlón, no está tan fiambre como a todos los científicos les daba por pensar. Visto de buenas a primeras, el argumento no parece gran cosa, pero metidos en la situación que tiene lugar alrededor de la trama, no sorprende que, lo que en principio sólo iba a ser una reseña en el Nature, acabe adquiriendo proporciones bíblicas de modo que, durante unas pocas semanas, la isla de Zenkali sea el ombligo del mundo y el centro de toda la expectación internacional.
La noticia del redescubrimiento pone la isla patas arriba, haciendo que en ella se encuentren todos los bandos presentes en la típica problemática de estas situaciones: por un lado tenemos al bando conservacionista, que quiere que las generaciones venideras conserven a las especies en peligro de extinción en su legado; por el
otro, tenemos a los progresistas, aquellos que insisten en que la naturaleza, y menos un puñado de pájaros, no debe ser obstáculo para el desarrollo del progreso, obcecados con la idea de construir un aeropuerto militar en los valles donde están las susodichas aves. Y, entre ambos bandos, tenemos a la prensa, a los científicos, a los desalmados (la conversación entre el protagonista y el dueño oportunista de un zoológico es algo que aún hoy me pone la piel de gallina), los misioneros (el Pájaro Burlón era uno de los dioses originalmente adorados en la isla y ellos, demostrando haber asimilado bien poco las bondades de las religiones occidentales, se niegan en redondo a que nadie le toque a ni una pluma a la encarnación del gran Tiomala) y a todos los zenkalíes, que no acaban de entender hasta qué punto todo este revuelo va a afectarles en lo venidero. Esta historia, que me parece magnífica, me hizo reír como loca, no sólo por las situaciones completamente disparatadas que llevan a cabo sus excéntricos personajes (de los cuales me quedo con la misionera de la Iglesia de la Segunda Venida, obcecada con evitar la construcción del aeropuerto mediante la formación de una guerrilla, y la madama del único puticlub de Zenkali, una gorda francesa, tierna y dicharachera, que organiza una huelga de sexo para protestar sobre la situación de los pájaros burlones), sino porque, como bióloga que intento ser, tenía que reconocer que la situación expuesta reflejaba perfectamente la realidad… Aún así, al cerrar por fin el libro, me invadió una tremenda tristeza, básicamente porque los acontecimientos ocurridos en Zenkali, aunque dichosos y aleccionadores, no suelen ser más que la excepción que confirma la regla en lo que a la celeridad de medidas para evitar la pérdida de biodiversidad se refiere… En todo caso, es un libro que recomiendo y que, además, ocupa el número uno en mi lista de historias de las cuales me gustaría ver la adaptación cinematográfica.
“The Mockery Bird” fue editado en España como “El pájaro burlón”, conseguible en la Editorial Alfaguara (antigua serie roja), primera edición en el año 1985 (el volumen inglés fue originalmente publicado en el año 1981).
1 comentario:
¡Me encanta Durrell, y comprendo a la perfección tu desilusión al no encontrar su libro!
Para mí, un biólogo en potencia que finalmente derivó en informático, pero no olvida su pasión (gracias a Félix, como comentas, y a Durrell, entre otros), es un placer leerte.
Saludos.
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