En este punto, la precognición familiar se quedó en agua de borrajas.
No es que haya tenido alguna vez la intención de sobresalir en este sentido. Que no se me acuse de lo contrario. Pero la Autora de Mis Días, por alguna razón, opina que mi falta de acierto debería causarme sonrojo.
Autora: “Y el nuevo director de tesis, ¿qué edad tiene?”
ANuRa: “Pos no lo sé, ¿quieres que le pida el currículo?”
Autora (echando chiribitas): “ANuuuuuuRaaaaaaaa, échale una edad.”
ANuRa: “Pues, venga, digamos que tiene como mínimo cuarenta.”
Autora: “¡Y ya es catedrático? No puede ser…”
ANuRa: “Vale, pues, cincuenta.”
Autora: “Vergüenza debería darte no saber calcular la edad del prójimo…”
ANuRa: “Okey, entonces, sesenta.”
Autora: “Ainssss, tener Obras para esto…”
Curiosamente, cuando son otros los que se equivocan con la edad de una lo encuentra despampanante. Y, bueno, es que conmigo y mi edad, hay diversión para rato.
Comentaba una conocida mía, que tiene más tacos que yo, que estaba pero HARTITA de que, cada vez que iba al indonesio con amigos (esto pasó fuera de las patrias, donde en vez de al chino, se va al indonesio, más fino), al finalizar la comida el dueño del restaurante repartía chupitos al personal, menos a ella, que siempre recibía una piruleta.
A mí me pasa tres cuartos de lo mismo: creen que soy más joven de lo que realmente soy. Por lo menos, nunca me han privado del alcohol (aunque hay quién diría que el despiste de la camarera del local japonés en Kyoto demostraría lo contrario, pero en esa ocasión conseguí mi dosis de droga legal a pesar de las circunstancias). Pero algunos comentarios que he recibido sobre la diferencia entre mi verdadera edad y la que me echan son para echarse unas risas.
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Kartoffellandia, 2004 – Edad física: 22 años
La Autora, la Ratita y el Gato Gordo (mis padrinos, ¡un beso!) y muá estamos haciendo algo de turismo por el pueblo medieval donde viven los padrinos, cuando a alguien que no recuerdo se le ocurre subir a la torre más alta, por la que hay que pagar tres euros de entrada.
En la caja, la tipa que está dando los tickets me mira de arriba abajo y pregunta a la Autora.
Tipa: “¿Es esta su Obra?” (No me lo podía preguntar a mí, se ve.)
Autora: “Sí.” (“A mal que me pese…”)
Tipa: “¿ES MENOR DE CATORCE AÑOS?”
ANuRa abre la boca en un amago de decir “nooooo….”, pero la Autora se adelanta y suelta un “SÍIIIIIIII….” que retumba en los cimientos del pueblo a diez quilómetros a la redonda.
Conclusión: tres euros ahorrados y mi orgullo de mujer adulta tirado por los suelos. A punto estuve de escribir a posteriori en la hoja de reclamaciones que la recepcionista tenía que graduarse la vista.
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Kartoffellandia, 2004 – Edad física: 22 años
Mismo pueblo que la vez anterior, dos meses más tarde, distinta mujer al otro lado del estrado. Esta vez, es una panadería.
ANuRa: “Póngame un Bauerbrot.”
Panadera (haciendo conversación mientras sacude un poco la harina, mete el pan en una bolsa de papel y me cobra): “¿Estarás contenta, no?"
ANuRa (bluffed): “…” (Y esta mujer, ¿de qué me conoce y por qué hipotética sobre mi estado de ánimo?)
Panadera: “Como hoy no hay colegio…” (Al parecer, es una de esas fechas en las que los estudiantes de primaria y secundaria tienen libre aunque sea día laboral.)
ANuRa (demostrando la sutileza que le caracteriza): “Señora, acabé la carrera universitaria en febrero.”
Panadera (colorada): “Huy, perdona… lo siento… es que tienes una apariencia muy juvenil…”
Hay que ver lo que hace la coleta…
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Heidilandia, 2008 – Edad física: 27 años
Queriendo pagar unas botellas de cerveza en un supermercado, la cajera, a la que yo, con muy mal ojo (¿quién sabe?) diría que ronda los diecisiete años, me mira evaluándome cual bicho salido de “El Mundo Perdido”.
Cajera: “Perdona, me vas a tener que enseñar un documento de identidad.”
ANuRa (alucinando pepinillos): “¿Por?”
Cajera: “Tengo que comprobar que eres mayor de edad.”
ANuRa (¡manda huevos!): “Nena, que tengo veintisiete… [¿Me estás diciendo que crees que soy más pipiola que tú?]”
Cajera: “Perdona, pero tengo que comprobarlo.”
ANuRa: *facepalm*
Le enseño el pasaporte.
Cajera: “Ah, vale. En la foto pareces más vieja. Está bien.”
Las cervezas me las tomé yo sola esa tarde a modo de terapia (era viernes).
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Heidilandia, 2010 – Edad física: 29 años
Me llaman por teléfono para preguntarme si quiero cambiar de seguro médico (sí, en Heidilandia no te llaman dándote la tabarra con que cambies de compañía telefónica: directamente te ofrecen cambiar de compañía de seguros, cosa fina). En algún punto, la telefonista me pregunta por mi edad.
ANuRa: “Veintinueve.”
Telefonista: “… … …”
ANuRa: “¿Hola? ¿Hay alguien ahí?”
Telefonista: “Du veraschst mich gerade, oder?” (Frase fina que traducido en literal significa: “¿Me estás dando por culo?”, pero que viene a significar algo así como “¿Me estás tomando el pelo?”)
ANuRa: “Noooooooo… ¿Cuántos me estabas echando?”
Telefonista: “Bueno, como ya tienes un seguro médico a tu nombre he asumido que eras mayor de edad, pero es que tienes voz de niña, así que te echaba dieciocho, diecinueve.”
ANuRa: “¿Hacéis mejores precios a menores de veinte? Porque si es así, tengo la edad que quieras…”
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Heidilandia, 2011, ayer mismito – Edad física: 30 años
Estoy en el centro acompañando a una amiga y a su churumbel a que pase la cabalgata llamada “Sämliklausumzug”, algo así como “la mudanza de San Nicolás”, rodeada de niños en plan San Enrique de Ossó en las obras pictóricas que las monjas nos obligaban a hacer antaño (vade retro, memoria!!!!). Por delante de nosotros pasa toda una procesión de gente disfrazada de Santa Nicolaus, Hombre de las Cenizas (la nota local) y niños vestidos de duende arrastrando las carrozas (si esto no es explotación infantil, no sé qué será). Los Santa Nicolaus y Hombre de las Cenizas de a pie (los hay de primera y segunda categoría: los de primera están tan panchos dejándose transportar en las carrozas, los de segunda van a pinrel) llevan unos sacos que en tierra patria estarían llenos de caramelos, pero que aquí, por ser más sanos (imagino) y por dejar menos mierda (por los plásticos) están llenos de PAN DE JENGIBRE, que se reparte a los representantes del colectivo perteneciente a la infancia.
Pues bien, estoy en posición con la cámara de fotos porque la colega se ha dejado la suya y soy por tanto la fotógrafa oficial del evento del año, cuando de pronto se me planta un Santa Nicolaus delante y me pone un pan de jengibre ante las narices.
Repito: estoy en medio de un coro de angelitos y SOY YO QUIEN RECIBE DEL DICHOSO PAN DE JENGIBRE. Las miradas de odio de los niños del alrededor son merecedoras de que alguien reconsiderara al elenco para el remake de "El Pueblo de los Malditos", palabra.
ANuRa: "Me ha dado el pan de jengibre... A MÍ."
Colega: “Es que pareces tan buena nena…”
ANuRa: "Adivina quién se va a quedar sin fotos de su churumbel..."
| La prueba fehaciente de la aventura. Mi cara de descojone cinco minutos después de la jugada. |
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Está visto que nunca seré mayor…
2 comentarios:
Jo, qué envidia. A mí siempre me echan como 100 años más :-(
Con 18 estaba de monitor de campamentos, con críos de 7 ó así. Hablando con unos padres me sueltan "pero trátanos de tú, que al fin y al cabo tenemos la misma edad". Al preguntarle con cara de pena cuántos me echaba me dijo con voz de "la he cagado", algo como "pues 30 y 4 ó 5, ¿no?".
Y después ya he ido decayendo, en fin :-(
Venga, besazos y salud.
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