Se me ha roto el cinturón.
Un drama.
En serio, creedme, me estoy sintiendo depre porque se me ha roto un cinturón.
Cabe decir que no es (era) un cinturón cualquiera. Lo había heredado de la Autora, cuando se me permitió hacer la transición de los chándales a los tejanos (este proceso, hoy en día, las nuevas generaciones se lo han ahorrado, pero marcaba un antes y un después en el guardarropía). Y ella lo había comprado en sus años de soltería, cuando, según cuenta, ufana, le gustaba vestir chic y tenía una cintura de avispa de aquellas que quitan el hipo (y que ha quedado en agua de borrajas tras tres embarazos) y que la naturaleza no me ha querido prorrogar (uno de los primeros recuerdos que fundamentaron mi aversión contra la moda según los estándares generales fue la mofa por parte de la Autora cuando, apenas pegado el estirón, intenté enfundarme, en vano, en sus faldas de aquel entonces: si no podía cuando aún no había empezado a redondear mis formas, ya estaba visto que iba a ser un caso perdido en eso de ponerme presentable, así que ¿pa qué?). El dichoso cinturón, si me salen los cálculos, tenía ya unos cuarenta años (bastantes, teniendo en cuenta el desgaste de los materiales, hoy en día). Ha estado alrededor de mi cintura casi unos veinte. Estaba ajado, deslucido y deformado, pero era flexible, de cuero bueno, elegante, adornado con rosas y tenía los agujeros en los sitios justos. Y ahora se me ha roto, ha dado de sí en la hebilla, y ya no lo puedo usar más. Es como si se me hubiera muerto un amigo de toda la vida.
Parecerá mentira que esté haciéndole un óbito a un cinturón desgastado, pero es que con la ropa yo siempre he sido bastante urraca. Algunas prendas las tengo desde hace siglos y, para mayor inri, dado que muchas de ellas han sido heredadas de primas y primos o amigos, su añada es casi para ponerlas en un museo de antigüedades (y no estoy hablando sólo de mi vestido de la comunión).
Tengo un pijama de verano que llevo usando desde 1992. La Autora me lo compró para mi primer viaje sola a Alemania (tenía yo once añitos). Que aún me quepa (y me sobre) parecerá incongruente, pero así es. De la misma cosecha es una camisola de bordados blancos. Me vale aún, pero hace que se me vea el ombligo, por lo que sólo la uso cuando estoy morena.
Otra prenda mítica ya es mi camisa de camionero, de felpa a cuadros escoceses, talla XXXL, que llevo usando como chaqueta desde los catorce años, vestigio de mi época de oversizing, en la que en toda mi ropa sobraban tres tallas. O la camiseta blanca con el monigote, que me puso un día en evidencia. La tela transparenta al mojarse. Imaginad qué pasó cierto día en el colegio cuando se puso a diluviar en el recreo (y no, nadie tuvo la decencia de decirme qué era tan gracioso).
O mi pañuelo psicodélico, feo con ganas, de un violeta sucio y con más agujeros que un gruyere. O mi chaleco, heredado de mi abuelo, hecho de sastre, con la fecha de confección escrita con tinta china en la cara interior, “1901”. O mi enorme bufanda roja, otra prenda de los días en solitario de la Autora, hecha a mano por una amiga suya, que en los días en los que no todo el mundo tenía móvil me convirtió en el punto de encuentro de los colegas (“a las seis en Plaza Catalunya, buscad una gran mancha roja chillona, ésa será ANuRa, no tiene pérdida”).
Tantas prendas que son casi como de la familia. Perderlas es horrible.
Así que sí, no me importa hacer un drama por perder una prenda de vestir. Y ahora, perdonadme, pero tengo que atender el velatorio.
3 comentarios:
Estoy tan sentimental que echo de menos mi mala leche... esperemos que este estado sea transitorio... sniff...
Vale, se ve que alguna alineaciôn côsmica ha determinado que las cosas viejas tienen que acabar su vida funcional YA. Ayer, haciendo gazpacho, se me muriô la batidora, cuya primera apariciôn en mi vida - que yo recuerde - fue en 1985. He estado haciendo un listado para ver quê es lo que tiene que ir a continuaciôn: la balanza de la cocina (parte del ajuar de los Autores), mi medidor de carga de baterîas (finales de los 70) o la navaja del abuelo (que a saber cuândo fue ensamblada, pero por el estado de las hojas, a base de nuevo reafilado, debe contar con cinco dêcadas, como mînimo). Se aceptan apuestas...
Y antes de que alguien diga algo: la antigüedad de mis propiedades no indican que sea garrepa. Todos estos cacharros funcionan y, si funcionan, para quê comprar algo nuevo?...
La pega es el danyo emocional cada vez que alguno de ellos dicen "hasta nunca, fue bonito mientras durô". Por ejemplo, la batidora: cuântas veces nos habremos reunido mi sistero, mi brodera y yo en la cocina viendo a la Autora hacer all-i-oli antes de una barbacoa. Este pequenyo electrodomêstico ha estado en Barna, en Almerîa, en Tarragona... y en Suiza. Eso sî que es un companyero fiel de viaje!
El cinturôn ha sido rescatado: mide ahora tres dedos menos, pero es todavîa utilizable. Gracias, zapatero remendôn!!!!
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