lunes, 15 de octubre de 2012

Otra de policías en aeropuertos ueseanos


¿Recordáis mi experiencia en aduanas en Chicago 2009? Ya sabéis, pues, por qué temo tener que cruzar la frontera de Ueseá. Pues bien, acabo de volver de Norteamérica. No sólo tuve que pasar por aduanas para entrar en Ueseá, sino también para volver desde Canadá, ya que, entremedias, hice escala en Nueva York. Lo cual se traduce en que ¡tuve que enfrentarme de nuevo por partida doble al amable trato de la policía de aduanas ueseana! La primera vez fue como siempre. Desde Chicago 2009 tengo el comentario de “ojo con ésta” en mi informe, así que he asumido que per seculum seculorum tendré que pasar segundos controles. De ida esta vez tuve que pasar por un segundo control antes de coger el avión que me llevaría a Washington DC, pero, tras concluir que acabar con el presidente no era una de mis prioridades (o quizás porque se imaginaron lo contrario), me dejaron pasar. Fue la vuelta la que merece permanecer en el recuerdo. Esta vez, el cruce aduanero tuvo lugar en el aeropuerto de Montreal, alias “el aeropuerto más vacío del mundo” (al menos, suele estarlo cuando voy). He aquí una descripción detallada de la aventura.

Tras el control de pasaporte, OTRA VEZ me llevan a parte. El hombre que me escolta, le echo unos cuarenta y pico, anda zombi. O no ha dormido bien o – como buena sufridora de migrañas, reconozco los síntomas - tengo frente a mí a alguien a quien medio hemisferio cerebral le acaba de declarar la guerra. No sonríe, parece que no puede levantar la cabeza, mira mi pasaporte como si la colección de sellos fuera el jeroglífico de la semana.

De camino a la zona de chequeo número dos, me pregunta qué se me ha perdido en Canadá, yo le contesto que he estado visitando a Segundo Jefe. Me pregunta a qué me dedico, yo le contesto que soy asistente de investigación. Me pregunta qué investigo, le contesto que evolución cerebral en primates. Me pregunta si estudio homínidos, pues, le contesto que no, que lo mío es primatología. Me hace dos preguntas más, inteligentes, sobre mi curro, le doy puntos extras y lo coloco en el número dos en el ránking que “policías aduaneros de Ueseá que me tocaron poco las narices” (el puesto número uno está adjudicado al policía que me dejó pasar en Chicago 2009, alias Poli5).

La zona de inspección huele a pescado pasado y otros dos policías se están quejando de que alguien dejó aquel paquete confiscado (marisco, al parecer) toda la noche en la papelera (¿quién es tan gilipollas como para llevar frutti di mare en el equipaje de mano?). El policía que me ha escoltado me pide perdón por los malos olores, le contesto que he olido peores. Levanta la ceja, pero no pregunta a qué me refiero.

Mira mi papeleo. Que si he estado en una granja. No. Que si he estado con animales. No. Que si he estado en contacto con productos químicos. No más allá de los usuales. Ya sabe, desodorantes y tal. Que cuántas veces he estado en Ueseá este año. Coi, ahora que lo dice, ¡ésta es la tercera! Se me queda mirando porque mi expresión de “sudden realization” es un cuadro.

Me pide que abra mi mochila. Pongo cara de alucine, porque es la primera vez que me lo piden en control de aduana (en control de seguridad, es de recibo). La abro mientras pienso con pena que el tipo está perdiendo puntos. Inspecciona mis dos baggels (foie-gras y queso) y mi caja de galletas con chocolate Lu (en Canadá es otra marca, pero el envoltorio es igual). Hace un rápido chequeo visual y, cuando yo pensaba que ahí había acabado la cosa, señala un objeto que asoma desde las profundidades de la mochila.

Policía: “¿Y esto, qué es?”

ANuRa (poniendo cara de WTF, mientras piensa “mierda, lo que nos temíamos, los Ueseâ ya están considerando los libros armas de destrucción masiva”): “¿Un libro?”

Se lo saco. Es “The Snow Child”, que no sé de qué va, pero el resumen era majo y estaba de oferta. Lentamente, el policía mira detenidamente la portada, lee al detalle la contraportada. Se abanica con las hojas. Deja el libro a un lado.

Esta vez, se adelanta y coge él mismo el siguiente libro que ha quedado al descubierto tras sacar “The Snow Child”. Es un libro que compré en Portland ya que tenía una etiqueta de recomendación bastante convincente. Lo llevo desde hace seis meses en viajes y trayectos, porque el cuerpo no me ha pedido aún empezarlo. Mira la portada con una ceja arqueada (una sonrisa de payaso sobre fondo plata), gira y lee la contraportada con precisión quirúrgica. Lo hojea.

ANuRa (un poco incómoda a estas alturas): “Es de ciencia-ficción.” (Subtítulo: “creo recordar que comprar un libro con una sonrisa de payaso en la portada no está penado en este país… aunque podría estarlo.”)

Policía: “Ahá.”

Abre el otro compartimento de la mochila, mira mi ordenador. Saca el tercer libro. (Sí, ya lo sé, llevo demasiados libros… no sabéis lo que cunde un viaje transoceánico en términos de lectura. No, no estoy exagerando. Recordad las compras de Edimburgo 2009). Es un libro de Kathe Bleichs, la creadora de Temperance Brennan, alias “Bones” en el celuloide. No son literatura fina, pero entretiene y, al ser la autora forense, la aplicación de ciencia suele ser acertada. Eso siempre es un plus.

El policía lo pone sobre los otros dos sin comentarios, tras, de nuevo, leer la portada y la contraportada. En este punto yo ya no sé qué pensar. Nunca nadie me había analizado la biblioteca exhaustivamente. ¿Tengo cara de leer literatura poco adecuada? ¿”El Capital” de Karl Marx? ¿”Terrorismo para Dummies”? ¿“Fifty shades of Grey”?

Es entonces cuando saca el cuarto libro. “The Mockery Bird” de Gerald Durrell. Sí, señores, EL LIBRO que llevaba casi diez años buscando y que he encontrado en una librería canadiense. Una primera edición, tapa dura, año 1981, casi nueva, por unos míseros tres dólares. El policía mira la portada, sin mirar la contraportada esta vez.

Policía: “Este libro es muy viejo.”

No sé si se refiere a que el libro es, factualmente, viejo (treinta y un años y sumando) o a que se escribió hace mucho. Tampoco importa. Lo que importa es lo que viene a continuación.

Que es que ANuRa pasa de ser la Mártir de la Frontera Ueseana a ser la Fan de Gerald Durrell en “activated mode”. Ríete de la transformación Banner-Hulk.

ANuRa (exudando entusiasmo en menos de medio segundo por todos los costados, superemocionada): “Sí, ¡lo sé! ¡Lo publicaron el año de mi nacimiento! ¡Es del 1981! ¡Sólo se publicó esta edición en Gran Bretaña! ¡Llevo años buscándola! ¡Adoro a Gerald Durrell!

Policía (con brillantina en los ojos, levantando por primera vez la cabeza, aunque de tal modo que parece que tiene tortícolis de tercer grado o que le están arrancando una muela): “¿Lo has leído?”

ANuRa (todavía hiper): “Sí, ¡en castellano! ¡Cuando era pequeña! ¡Pero llevaba años buscando la edición inglesa! ¡Y la he encontrado aquí en Canadá! ¡Soy tan feliz! ¡Gerald Durrell for ever!

Policía (hojeando el libro con la habilidad de un maestro, con la cabeza de nuevo caída): “Este tipo escribe muy bien.”

ANuRa: “Sí, lo sé, leí “La familia y otros animales”, y “El arca de Noé” y “El paquete parlante” y…

Policía (abriendo el libro por la página en la que se pueden leer los títulos publicados por este autor, se inclina hacia mí, ya con acento de lector emocionado): “Mira, yo he leído éste, y éste, y éste…” (Señala casi todos los libros de la lista.)

ANuRa: “¡Ése, yo también! ¡Éste todavía lo estoy buscando! ¡Éste…!

Al cabo de un rato, cuando el sofocón empieza a remitir, el policía me da la luz verde, casi sonriendo, con la cabeza aún gacha. Recojo mis libros mientras me desea que tenga un buen viaje de tal modo que incluso me creo de verdad que me lo está deseando. 

"The police aproves your literaric tastes!"

Es al cabo de un rato, cuando ya estoy esperando frente a la puerta de embarque comiéndome el baggel de queso, que me doy cuenta de que la razón por la cual el tipo estaba mirando tan detenidamente mis libros no era porque creyera que yo fuera portadora de lecturas incendiarias, sino porque seguramente él mismo estaba buscando material de lectura.

Decido colocarlo en el puesto número uno de “policías aduaneros de Ueseá que me tocaron poco las narices”. Cum laude.

Catorce horas después, ya en el Pueblo Donde William Conoció a Kate, ni siquiera descubrir que a mi maleta le falta el candado y que hay un papelito dentro informándome de que mi equipaje fue registrado  y que no, ellos no se consideran responsables de haberse cargado “los dispositivos de seguridad” intentando abrirla “porque sus actos están protegidos por la ley” (lo cual jode, porque llevaba cuatro años con el mismo candado y yo a las cosas les cojo cariño), puede aguarme la experiencia de aduanas en Canadá.

Yay.

3 comentarios:

ANuRa dijo...

Antes de que la peña se me lance al cuello diciéndome que Montreal no es Ueseá, he aquî una nota aclaratoria. Dada la vecindad de Ueseá y Canadá, resultarîa problemâtico que los vuelos entre estos dos paîses se catalogaran como "internacionales", porque son muy frecuentes y los aviones suelen ser de menor capacidad. Por ello, para que los vuelos procedentes de Canadâ no tengan que ser aceptados en la terminal internacional y los pasajeros tengan que pasar el control de frontera en la terminal "nacional", el control se realiza en Canadâ.
Estoy mal en geografîa, cierto, pero no tanto.

exseminarista ye-ye dijo...

Vale, eso me chirriaba un poco, pero lo achaqué al jet lag.

Salud y saludos y tal :-)

David dijo...

Para no tener problemas con el cruce de fronteras, opto por sacar Pasajes a Buenos Aires desde Neuquén y de esta manera disfrutar de veranear en el país