¿Recordáis mi
experiencia en aduanas en Chicago 2009? Ya
sabéis, pues, por qué temo tener que cruzar la frontera de Ueseá. Pues bien,
acabo de volver de Norteamérica. No sólo tuve que pasar por aduanas para entrar
en Ueseá, sino también para volver desde Canadá, ya que, entremedias, hice
escala en Nueva York. Lo cual se traduce en que ¡tuve que enfrentarme de nuevo
por partida doble al amable trato de la policía de aduanas ueseana! La primera
vez fue como siempre. Desde Chicago 2009 tengo el comentario de “ojo con ésta”
en mi informe, así que he asumido que per seculum seculorum tendré que pasar
segundos controles. De ida esta vez tuve que pasar por un segundo control antes
de coger el avión que me llevaría a Washington DC, pero, tras concluir que
acabar con el presidente no era una de mis prioridades (o quizás porque se
imaginaron lo contrario), me dejaron pasar. Fue la vuelta la que merece
permanecer en el recuerdo. Esta vez, el cruce aduanero tuvo lugar en el
aeropuerto de Montreal, alias “el aeropuerto más vacío del mundo” (al menos,
suele estarlo cuando voy). He aquí una descripción detallada de la aventura.
Tras el control
de pasaporte, OTRA VEZ me llevan a parte. El hombre que me escolta, le echo
unos cuarenta y pico, anda zombi. O no ha dormido bien o – como buena sufridora
de migrañas, reconozco los síntomas - tengo frente a mí a alguien a quien medio
hemisferio cerebral le acaba de declarar la guerra. No sonríe, parece que no
puede levantar la cabeza, mira mi pasaporte como si la colección de sellos fuera
el jeroglífico de la semana.
De camino a la
zona de chequeo número dos, me pregunta qué se me ha perdido en Canadá, yo le
contesto que he estado visitando a Segundo Jefe. Me pregunta a qué me dedico,
yo le contesto que soy asistente de investigación. Me pregunta qué investigo,
le contesto que evolución cerebral en primates. Me pregunta si estudio
homínidos, pues, le contesto que no, que lo mío es primatología. Me hace dos
preguntas más, inteligentes, sobre mi curro, le doy puntos extras y lo coloco
en el número dos en el ránking que “policías aduaneros de Ueseá que me tocaron
poco las narices” (el puesto número uno está adjudicado al policía que me dejó pasar en Chicago 2009, alias Poli5).
La zona de
inspección huele a pescado pasado y otros dos policías se están quejando de que
alguien dejó aquel paquete confiscado (marisco, al parecer) toda la noche en la
papelera (¿quién es tan gilipollas como para llevar frutti di mare en el
equipaje de mano?). El policía que me ha escoltado me pide perdón por los malos
olores, le contesto que he olido peores. Levanta la ceja, pero no pregunta a qué
me refiero.
Mira mi papeleo.
Que si he estado en una granja. No. Que si he estado con animales. No. Que si
he estado en contacto con productos químicos. No más allá de los usuales. Ya
sabe, desodorantes y tal. Que cuántas veces he estado en Ueseá este año. Coi,
ahora que lo dice, ¡ésta es la tercera! Se me queda mirando porque mi expresión
de “sudden realization” es un cuadro.
Me pide que abra
mi mochila. Pongo cara de alucine, porque es la primera vez que me lo piden en
control de aduana (en control de seguridad, es de recibo). La abro mientras
pienso con pena que el tipo está perdiendo puntos. Inspecciona mis dos baggels (foie-gras
y queso) y mi caja de galletas con chocolate Lu (en Canadá es otra marca, pero
el envoltorio es igual). Hace un rápido chequeo visual y, cuando yo pensaba que
ahí había acabado la cosa, señala un objeto que asoma desde las
profundidades de la mochila.
Policía: “¿Y esto,
qué es?”
ANuRa (poniendo
cara de WTF, mientras piensa “mierda, lo que nos temíamos, los Ueseâ ya están
considerando los libros armas de destrucción masiva”): “¿Un libro?”
Se lo saco. Es
“The Snow Child”, que no sé de qué va, pero el resumen era majo y estaba de
oferta. Lentamente, el policía mira detenidamente la portada, lee al detalle la
contraportada. Se abanica con las hojas. Deja el libro a un lado.
Esta vez, se
adelanta y coge él mismo el siguiente libro que ha quedado al descubierto tras sacar “The
Snow Child”. Es un libro que compré en Portland ya que tenía una etiqueta de
recomendación bastante convincente. Lo llevo desde hace seis meses en viajes y
trayectos, porque el cuerpo no me ha pedido aún empezarlo. Mira la portada con
una ceja arqueada (una sonrisa de payaso sobre fondo plata), gira y lee la
contraportada con precisión quirúrgica. Lo hojea.
ANuRa (un poco incómoda
a estas alturas): “Es de ciencia-ficción.” (Subtítulo: “creo recordar que comprar
un libro con una sonrisa de payaso en la portada no está penado en este país…
aunque podría estarlo.”)
Policía: “Ahá.”
Abre el otro
compartimento de la mochila, mira mi ordenador. Saca el tercer libro. (Sí, ya
lo sé, llevo demasiados libros… no sabéis lo que cunde un viaje transoceánico
en términos de lectura. No, no estoy exagerando. Recordad las compras de Edimburgo 2009). Es un libro de
Kathe Bleichs, la creadora de Temperance Brennan, alias “Bones” en el celuloide.
No son literatura fina, pero entretiene y, al ser la autora forense, la
aplicación de ciencia suele ser acertada. Eso siempre es un plus.
El policía lo
pone sobre los otros dos sin comentarios, tras, de nuevo, leer la portada y la
contraportada. En este punto yo ya no sé qué pensar. Nunca nadie me había
analizado la biblioteca exhaustivamente. ¿Tengo cara de leer literatura poco
adecuada? ¿”El Capital” de Karl Marx? ¿”Terrorismo para Dummies”? ¿“Fifty
shades of Grey”?
Es entonces
cuando saca el cuarto libro. “The Mockery Bird” de Gerald Durrell. Sí, señores,
EL LIBRO que llevaba casi diez años buscando y
que he encontrado en una librería canadiense. Una primera edición, tapa dura, año
1981, casi nueva, por unos míseros tres dólares. El policía mira la portada,
sin mirar la contraportada esta vez.
Policía: “Este
libro es muy viejo.”
No sé si se
refiere a que el libro es, factualmente, viejo (treinta y un años y sumando) o
a que se escribió hace mucho. Tampoco importa. Lo que importa es lo que viene a
continuación.
Que es que ANuRa
pasa de ser la Mártir de la Frontera Ueseana a ser la Fan de Gerald Durrell en
“activated mode”. Ríete de la transformación Banner-Hulk.
ANuRa (exudando
entusiasmo en menos de medio segundo por todos los costados, superemocionada):
“Sí, ¡lo sé! ¡Lo publicaron el año de mi nacimiento! ¡Es del 1981! ¡Sólo se publicó
esta edición en Gran Bretaña! ¡Llevo años buscándola! ¡Adoro a Gerald Durrell!”
Policía (con
brillantina en los ojos, levantando por primera vez la cabeza, aunque de tal
modo que parece que tiene tortícolis de tercer grado o que le están arrancando
una muela): “¿Lo has leído?”
ANuRa (todavía
hiper): “Sí, ¡en castellano! ¡Cuando era pequeña! ¡Pero llevaba años buscando
la edición inglesa! ¡Y la he encontrado aquí en Canadá! ¡Soy tan feliz! ¡Gerald
Durrell for ever!”
Policía (hojeando
el libro con la habilidad de un maestro, con la cabeza de nuevo caída): “Este
tipo escribe muy bien.”
ANuRa: “Sí, lo sé,
leí “La familia y otros animales”, y “El arca de Noé” y “El paquete parlante” y…”
Policía (abriendo
el libro por la página en la que se pueden leer los títulos publicados por este
autor, se inclina hacia mí, ya con acento de lector emocionado): “Mira, yo he
leído éste, y éste, y éste…” (Señala casi todos los libros de la lista.)
ANuRa: “¡Ése, yo también!
¡Éste todavía lo estoy buscando! ¡Éste…!”
Al cabo de un
rato, cuando el sofocón empieza a remitir, el policía me da la luz verde, casi sonriendo, con la cabeza aún gacha.
Recojo mis libros mientras me desea que tenga un buen viaje de tal modo que
incluso me creo de verdad que me lo está deseando.
| "The police aproves your literaric tastes!" |
Es al cabo de un rato,
cuando ya estoy esperando frente a la puerta de embarque comiéndome el baggel
de queso, que me doy cuenta de que la razón por la cual el tipo estaba mirando
tan detenidamente mis libros no era porque creyera que yo fuera portadora de
lecturas incendiarias, sino porque seguramente él mismo estaba buscando
material de lectura.
Decido colocarlo
en el puesto número uno de “policías aduaneros de Ueseá que me tocaron poco las
narices”. Cum laude.
Catorce horas después,
ya en el Pueblo Donde William Conoció a Kate, ni siquiera descubrir que a mi
maleta le falta el candado y que hay un papelito dentro informándome de que mi
equipaje fue registrado y que no, ellos
no se consideran responsables de haberse cargado “los dispositivos de
seguridad” intentando abrirla “porque sus actos están protegidos por la ley” (lo
cual jode, porque llevaba cuatro años con el mismo candado y yo a las cosas les cojo cariño), puede aguarme la experiencia
de aduanas en Canadá.
Yay.
3 comentarios:
Antes de que la peña se me lance al cuello diciéndome que Montreal no es Ueseá, he aquî una nota aclaratoria. Dada la vecindad de Ueseá y Canadá, resultarîa problemâtico que los vuelos entre estos dos paîses se catalogaran como "internacionales", porque son muy frecuentes y los aviones suelen ser de menor capacidad. Por ello, para que los vuelos procedentes de Canadâ no tengan que ser aceptados en la terminal internacional y los pasajeros tengan que pasar el control de frontera en la terminal "nacional", el control se realiza en Canadâ.
Estoy mal en geografîa, cierto, pero no tanto.
Vale, eso me chirriaba un poco, pero lo achaqué al jet lag.
Salud y saludos y tal :-)
Para no tener problemas con el cruce de fronteras, opto por sacar Pasajes a Buenos Aires desde Neuquén y de esta manera disfrutar de veranear en el país
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