lunes, 30 de abril de 2012

Catarsis

Empezamos siendo conocidos, tratándonos de vez en cuando. Hola. Hola. ¿Qué tal en fin de semana? Bien. Con los padres. Ah. ¿Y tú? En una maratón de pelis de Romero. Ehhh… guay…


Después, cuando ya nos conocemos un poco más, empiezan a haber confidencias. Tengo dos hermanos. Ah, mi familia vivió en Perú. A mí también me gusta el fantástico. Tengo un manual de diez formas de matar zombis con una tostadora… Parece que todo va bien. Gente con la que ir a tomar birras, contar chorradas y hacer actividades los fines de semana. Tampoco es demasiado pedir. La vida es de los que se conforman con pequeñas alegrías.

Pero con el tiempo, las confidencias se empiezan a salir de madre. Con el agravante que parecen ser sólo hechas para mí y que la sensación de incomodidad empieza a sacarme de quicio lo suficiente como para querer cambiar de tema tan pronto os da la vena. Pero ninguno de vosotros parece verlo. Hay cosas que yo nunca contaría a nadie y menos en esta etapa de conocimiento del prójimo, pero no lo veis. Y me las contáis. No quiero – no necesito – saber que tu primera relación fue con una mujer casada y te dejó destrozado. No quiero – no necesito – saber que tu infancia fue problemática porque tuviste tal síndrome y tus compañeros de clase no jugaban contigo porque eras tísico. No quiero – no necesito – saber que te han dado calabazas veinticuatro veces seguidas y que sólo te quieren como amigo. No quiero – no necesito – oír todo esto mientras me ponéis ojos de cachorrito, porque la vida os trató a patadas y no os lo merecíais.

No quiero daros las respuestas que queréis oír. Que no lo comprendo, con lo majo que eres. Que no te preocupes, que seguro que todo cambiará. Tranquilo, que ya encontrarás una que diga que sí (y espero que no estés suponiendo que pudiera ser yo). Eso es lo que esperáis oír. Pero no es lo que yo quiero decir. Lo que quiero en verdad deciros es que sois gilipollas. No gilipollas por haber tenido que pasar por esas experiencias (aunque el chaval de la mujer casada debería hacérselo mirar), sino gilipollas por airear esas pequeñas miserias con una persona que prácticamente no conocéis con la única intención de que ésta os tenga pena, os compadezca y os dé un abrazo. En otros tiempos, hace años, seguramente habría sido (yo) lo suficientemente gilipollas para dároslo, pero, hoy, no. Que corra el aire.

Cada vez que me venís con esas confidencias, me siento rota, traicionada y asqueada. Tengo que poner los ojos en blanco y decirme, no, otra vez no. Porque tengo que daros a oír las respuestas que no quiero decir porque si os digo lo que pienso y mañana en las noticias sale algo del estilo "tipo depresivo se ha tirado de un puente" mi conciencia, la muy zorra, me matará. Porque yo sólo quería conoceros, divertirme las tardes con las cervecitas en grupo y quedar los fines de semana para dar paseos. Conocer gente nueva, buena. Llamadme frívola. Y ¿qué hacéis vosotros? Os agarráis a mí, hacéis lo posible para tenerme en exclusiva, en vuestro grupito, y queréis que sea vuestra mejor amiga.

Pero yo no quiero ser vuestra mejor amiga. No me siento halagada en absoluto, porque, en vuestro caso, sólo queréis esa mejor amiga para llorarle al hombro vuestras pequeñas desgracias y buscar, ¿qué?, ¿mimitos? Y porque no estáis buscando una amiga, un igual, estáis buscando una madre, una hermana… una niñera. Alguien que esté en el deber de escucharos, porque nadie lo hace, alguien que haga todo por vosotros, porque os dais tanta pena que no queréis romper la imagen de criatura angustiada tomando una decisión.

Y no os dais cuenta de que, como en todos, mi altruismo tiene un límite.

Lo he intentado, con todos vosotros, no lo sabéis bien. Os he escuchado porque la buena educación es una maldición y porque he vivido cosas semejantes, estar desamparada, sin saber qué era lo que estaba haciendo mal, sin saber por qué estaba sola. Yo también he llorado en hombros haciendo las mismas preguntas, empleando esa táctica para mendigar afecto. Y todos aquellos con los que compartí esas confidencias huyeron de mí. Aprendí que era culpa mía, no de los demás. No me llevó tanto. Con veinte la causa del problema era evidente. Intento controlarlo. Aún tengo recaídas, pero intento solventarlas aislándome para no incordiar al personal porque sé que es algo transitorio. No tengo por qué intentar dar pena.

Pero vosotros superáis los veinte con mucho y seguís en las mismas. Debería resultarme sospechoso. De hecho, me es sospechoso. Me indica, en mi fuero interno, que debería dejaros a vuestra suerte. Ignoraros. Quiero dejaros aquí y olvidar lo que me habéis contado, pero haber tenido la misma experiencia, verme reflejada en vosotros tal y como fui, me impone la obligación moral de intentar ayudaros.

La conciencia es una hija de puta, lo sé. La mía, la primera.

Dejad de intentar dar pena para atraer gente, os digo. Sed vosotros mismos. No os enganchéis al primero que pasa que os escuche (yo). Moderaos. Estar solo no es malo. Lo que es malo es querer imponer tu presencia a los demás, querer obligar a los demás a que te acepten, te quieran. Lo malo es intentar aplicar este tipo de chantaje emocional – nunca me trataron bien, tengo el derecho a que tú me trates bien porque si no serás como ese niño del patio – como base para coactar amigos. No buscáis soluciones, en el fondo os gusta estar así.

Os estoy dando una oportunidad, es el mensaje. Pero ¿lo veis? No. Sólo unos pocos, los que estaban a punto de dar el salto por sí mismos y sólo necesitaban un empujón. ¿Cuántos? En las rondas del bar son muy pocos los que siguen tomando cervezas conmigo. El resto sólo veis que parezco dispuesta a estar con vosotros, a invertir en la amistad. Que el truco de dar pena ha funcionado. Estaré ahí para vosotros, pensáis, me he dado cuenta de que sois especiales, creéis.

Y dais el siguiente paso. Me hacéis regalitos. Reís mis chistes aun cuando no estoy contando un chiste. Me echáis perlas. Intentáis implicarme en cosas que creeis que deberían gustarme. Me pedís la opinión en todo. Ay, qué lista eres. Siempre sabes qué decir. Me enviáis cartas de cinco páginas diciéndome cuánto me apreciáis, lo importante que soy para vosotros, que esperáis que esta amistad sea para siempre. Friends for ever. Siempre contaremos contigo. Sieeeeempreeeeee.

Y es entonces cuando me doy cuenta, una vez más, de que soy una idiota. Es entonces cuando maldigo mi conciencia, mi sentido de la responsabilidad y el maldito colegio de monjas. Es entonces cuando entro en erupción, os digo cuatro verdades: que no sois especiales, que sois patéticos, que no hacéis el más mínimo esfuerzo para superar vuestra situación, que os merecéis lo que tenéis, que para mí no sois más que conocidos, que no estoy tan desesperada como para teneros como amigos, porque para mí “amigo” tiene un significado concreto, algo que implica confianza y paz, y cuando me topo con vosotros sólo siento cansancio y hastío.
Porque sois adultos y aún os comportáis como críos.

Y ¿cómo reaccionáis vosotros? Dolidos. Con berrinches. Ah, en el fondo eres como las demás (no LOS demás, sino LAS demás, ¿no os dais cuenta de lo rápido que habéis dejado claras vuestras intenciones?). Pero ¿por qué haces esto, con lo buena persona que soy? Estás loca, estás mal de la cabeza. Histérica. Está visto que nunca entenderé a las mujeres. ¿Que nunca entenderás a las MUJERES? ¿A LAS MUJERES? Eres tú el que es inestable, capullo, eres tú el que eres un lerdo, atribuyendo mi justa indignación a mis hormonas y a mi sexo, por esa estúpida concepción de que la mujer, como tal, no puede ser racional. Por interpretar que si una mujer te tolera tiene que ser por algo más. Porque todas las mujeres tienen instintos maternales y se enternecen con varones desvalidos. ¿Es así cómo me veis? ¿Qué es lo siguiente? ¿Soltar una patraña de la envergadura de “todo parecía indicar que yo te gustaba”?... Ah, eso era lo siguiente. A ver, ¿se puede saber qué **** hice que te hiciera pensar eso?

Estáis enfermos. Pero lo peor es cómo me afectáis. Cada vez que uno de vosotros se cruza en mi camino, me rompéis, me hacéis perder la convicción de que he de estar abierta al mundo para conocer a buena gente. Me hacéis sentir mal conmigo misma porque hay una voz en mi cabeza, fruto de una educación que demoniza a todas las mujeres y por extensión a mí misma, que dice que seguramente fui yo la que hizo algo que os hizo creer que erais bien recibidos, aun cuando sé a ciencia cierta que no es así. Me hacéis dudar de mí misma. ¿Por qué me escogisteis a mí? ¿Por qué siempre yo? ¿Qué estoy haciendo mal, atrayendo a esta gente? Hacéis que quiera que me encierre en un armario y no salga nunca. Me drenáis de la alegría de vivir, de conocer gente buena, de ir a tomar unas cervezas en un bar y dar paseos los fines de semana con gente que quizás no conozca tan bien, pero que algún día puede que sea importante para mí. Hacéis que sea injusta con gente que realmente me aprecia, porque me metéis el miedo en el cuerpo de que en el fondo también podría estar equivocada con ellos. Me hacéis sentir mal porque puede que mañana no ayude a alguien que REALMENTE lo necesite por culpa de mi experiencia con vosotros.

Os odio. Rotundamente. Desearía no haberos conocido jamás.

La vida os trata a patadas, pero, si queréis mi opinión, es porque os lo merecéis.

La próxima vez que lo intentéis, por mí podéis tiraros del puente.

2 comentarios:

ANuRa dijo...

Lo que me jode es que, cinco meses después, aún me dura. Y no, YO NO NECESITO MIMITOS.

exseminarista ye-ye dijo...

Vaya, ahora lo entiendo (lo del otro comentario).

¡No te hagas malasangre, que no merece! Venga, un abrazo virtual con casto beso y ¡salud!

(entraría en sesudos debates, pero aún estoy en el labo a estas horas y ¡tengo millones de cosas que hacer en casa!, pero lo dejo como tarea pendiente) (necesito días de 36 h) (ains).

:-)