Nota: Este relato está basado en hechos verídicos. Ocurrió hace dos semanas, pero lo he escrito en presente porque estilísticamente hablando queda más chulo. Y porque yo lo valgo.
A pesar de que es sábado y es obligación (o no…) descansar me encuentro esta mañana en el departamento donde trabajo. A la pregunta de “por qué” sólo puedo contestar – y lo esgrimo en mi defensa – que “porque el jefe así lo ha mandado”. Desde hace años los estudiantes de doctorado de antropología se encuentran allá por febrero con los estudiantes de primatología de cierta ciudad alemana y, para no perder horas de trabajo, se programa de tal manera que incluya algún sábado (domingos no, porque, como ya se sabe, el domingo es el día del Señor y hay que descansar, da igual si se es cristiano, ateo o panteísta).
Mientras me acuerdo (con muchísimo cariño) de la madre que parió a los organizadores de tan estimulante jornada (los jefes), me paso la primera parte de la mañana dándole vueltas a la idea de que, si hay que ponerle cuerpo y rostro a un zombi, hoy cumplo todos los requisitos. Las cervezas de la cena colectiva de ayer (a mí las cervezas me amodorran… y me ponen en un estado de ánimo feliz, feliz), el sueño atrasado de toda la semana (nunca duermo lo suficiente en días laborables), la creciente ineficacia de la cafeína (dos tazas de café soluble y tensión aún por los suelos) y el efecto nulo de la ducha de buena mañana… suman puntos y las señales sensoriales que van llegando a irregulares intervalos a mi cerebro me confirman que hoy, definitivamente, no soy persona.
Hasta el intermedio (con café y cruasán, aquí llamados pintorescamente “gipfeli”) no soy consciente de que ésa ha sido la mejor parte de la mañana.
La segunda parte de la mañana, con más cafeína en vena y ánimo despejado (con tendencia a marejadilla), me la paso rezando al vacío para que, por piedad, la peña haya estado suficientemente sumergida en su conversación para no darse cuenta de que, durante la preparación de mi primer café, he abierto dos sobres de azúcar, he tirado el azúcar a la papelera, he echado el papel en la taza y me he quedado cinco largos segundos mirando el resultado e intentando averiguar, taza en mano, qué era lo que estaba mal.
Porca miseria.
1 comentario:
Jajajaja, mola la cara de bobo que se le queda a uno cuando le pasan esas cosas, pagaría porque me grabaran en un momento así :-)
De todos modos, una cosa sí: ¿¡¡café soluble!!? En el curro, bueno, vale, pasa, pero espero joven padawan que en tu casa tengas una cafetera decente y café café porque si no eso explica muchas cosas... :-P Si no es el caso ya sabes que pedir que te manden (aunque teniendo Italia al lado, cafeteras italianas deben de haber por algún sitio, ¿no?).
Hoy mismo he descubierto cuán cafeínodependiente me he vuelto. Por errores de intendencia no tenía café esta mañana en casa y te juro que he sido un zombi hasta que me tomé uno en casa de mis padres a mediodía. También es verdad que recién levantado cae una cafetera de cuatro tazas entre pecho y espalda, todita para mí. ¡Ay, yo y mis múltiples adicciones! :-)
Salud y eso.
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